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Aquí comparto contigo los resultados de mis momentos de relajo en diversas manualidades, sobre todo en punto cruz.

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sábado, febrero 10, 2007

Puerto Saavedra


"El poeta Jorge Teillier estuvo en 1960 en Puerto Saavedra, el mismo año de la triple catástrofe.

Entonces escribió:


Antes que de nuevo floreciera
la sangre en la piedra de sacrificio
había un puerto de días tranquilos
como ruidos de remos en el agua.


El 21 de mayo, a las seis de la madrugada con dos minutos, Chile se estremeció desde el Norte Chico hasta Llanquihue. Un sismo de 7.75 grados en la escala de Richter derrumbó casas, escuelas e iglesias, aplastando a cientos de personas. Media hora después, sobrevino un segundo movimiento y todo aquello que había resistido en pie terminó desplomándose. Ese fue el primer terremoto.

Allí había tiempo de sobra para escuchar horas y horas

el griterío de las gaviotas,
o buscar una vertiente para beber tras las cacerías de otoño,
o dormir largas tardes escuchando entre sueños
a los pinos de cara arrugada
que enseñaban a hablar a los primeros brotes de primavera.

Cinco para las tres de la tarde del día siguiente ocurrió el cataclismo. La tierra se agitó furiosamente durante diez minutos. En términos científicos, se trató de un movimiento telúrico de 9,5 grados en la escala de Richter, la mayor magnitud registrada en la historia sísmica mundial. Una lluvia copiosa sirvió de marco para los derrumbes, los incendios y las inundaciones. El cálculo final de muertos y desaparecidos nunca se ha sabido con precisión, pero nadie duda que la cifra se encuentre alrededor de los 10.000. Ese fue el segundo terremoto.

Hasta que de pronto todo volvió a ser como en el principio:

sólo el frío y el chillido de un pájaro,

sólo el ruido de las olas

rompiendo un esqueleto lanzado al roquerío.


A las cuatro con diez minutos, el mar comenzó a retirarse a toda velocidad para luego volver, a 200 kilómetros por hora, convertido en una ola de ocho metros. Puerto Saavedra casi desapareció de este mundo. Sus casas fueron arrastradas más de dos kilómetros tierra adentro. La mayoría de sus habitantes alcanzó a correr hacia los cerros, alertada por la sirena de bomberos, que aulló incesantemente. Cincuenta no se salvaron. Ese fue el maremoto.


Antes de que otra vez las hechiceras de la tribu
sintieran que la tierra
pedía la sangre de un inocente para calmar al océano,
en los grandes días de 1900
cuando los vapores llegaban cargados de trigo por el río;
había un pueblo rodeado de bosques en incendio,
y de sementeras que conocían sólo pasos de pies desnudos.


Según el relato de un Üñümche, hombre-pájaro de la cultura mapuche y de una Machi, se dice que el pueblo mapuche vivió los terroríficos días en que tembló la tierra. Después de haber experimentado con horror los tres catastróficos eventos, se juntaron hombres sabios y mujeres sabias. No había tiempo que perder y no les costó mucho ponerse de acuerdo en lo que tenían que hacer. Todo se realizó en forma solemne, con dolor, pero con la seguridad de estar haciendo lo correcto. Un niño fue sacrificado para calmar a la madre tierra y la furia del mar.


Pueblo en donde nadie tenía sueños y se enterraba a los muertos en un cerro lejano pero se los sentía respirar en el polvo y el barro, hasta que todo volvió a su comienzo: sólo el frío y el chillido de un pájaro, sólo las olas rompiendo un esqueleto lanzado al roquerío.



Si te paras en el lugar exacto del sacrificio puedes darte cuenta que La Naturaleza aún está en calma."
Cabe señalar que la familia de mi suegro vivía allí, allí nacieron, crecieron, compartieron.
El reloj del comedor de mi casa es un mudo testigo de ese maremoto, quedó en pie junto a la única pared de la casa. Aún funciona, y lleva marcado de por vida, una linea divisioria que señala hasta donde fue bañado por el mar.

1 comentario:

Bordados Kalynka dijo...

Amiga que cosa tan terrible!!!!! Y que recuerdo el de tu familia.... impresionante ha de ser ver la hora cada dia!!!!! Un beso, Karyne


Gracias por tu visita.
Tu presencia me insta a seguir mostrando mis creaciones.

Bendiciones,
Claudia